Laicización de la sociedad
En el otro debate —aunque influenciado también por las tendencias liberales— estaba el intento de laicización de la sociedad. Los objetivos de los reformadores eran emancipar la educación y las costumbres de la tutela religiosa, así como también establecer un sistema en donde el Estado fomentara el libre pensamiento.
La dictación de una ley interpretativa que permitiría el ejercicio de otros cultos religiosos, la ampliación y fomento de un sistema educacional laico representado por el Instituto Nacional y la Universidad de Chile, las leyes sobre el registro civil y la de matrimonio civil, y el traspaso de la administración de los cementerios al poder civil, más la fundación de una universidad pontificia, constituyeron las formas en que la separación de la Iglesia y el Estado se fue abriendo.
Durante esta etapa, los partidos políticos comenzaron a adquirir forma de instituciones con organizaciones internas, con programas electorales que nacían de convenciones partidarias, y con una política de alianzas que buscaba concertaciones para alcanzar la presidencia de la República o mantenerse como mayoría en el Congreso.
Un caso representativo de lo anterior fue la formación de la fusión liberal-conservadora, que fue una combinación entre sectores que se separaron en asuntos religiosos, pero se unieron en el intento por debilitar al Ejecutivo. Tal vez la más compleja actuación política de este grupo fue el veleidoso comportamiento de los liberales. Con una tendencia natural al fraccionamiento, estos se movían desde cargos en el gobierno a la más férrea oposición.
En forma paralela a esta actividad partidista, durante esta etapa se avanzó en la consolidación de un sistema legal y reglamentario, que terminó por reemplazar totalmente las normas y costumbres jurídicas de la época hispana. Una amplia codificación de las actividades comerciales, judiciales, mineras y agrícolas consolidó el ordenamiento de las relaciones entre los civiles y el Estado, y entre las propias instituciones.
Relaciones internacionales
Este período se caracterizó por las difíciles relaciones internacionales con los países vecinos y con España. A ello se sumaron los intentos de otros países europeos por intervenir directa o indirectamente en los territorios americanos.
En la misma perspectiva de control territorial se ubicó la incorporación de la Isla de Pascua en 1888, territorio insular que se encontraba en la mira de Francia en su expansión imperial en el Océano Pacífico.
El crecimiento económico y el reconocimiento de espacios geográficos no ocupados fueron los detonantes de conflictos bélicos con las repúblicas vecinas de Perú y Bolivia. Estos condujeron a los ejércitos chilenos hasta Lima y la rendición incondicional con entrega de territorios a Chile.
Con Argentina —aunque no se llegó a una guerra— una difícil negociación diplomática culminó con el Tratado de Límites de 1881 y la entrega por parte de nuestro país de los territorios patagónicos, la cesión de la mitad de la Tierra del Fuego y el control definitivo a Chile del Estrecho de Magallanes. Este era el principal nexo de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico.
Nuevas fronteras
Este proceso significó el reajuste de las fronteras exteriores e interiores del país, con una expansión territorial y reordenamiento espacial, que derivó en que al término de esta etapa aparecerán configuradas en sus líneas generales las actuales fronteras de Chile.
Iniciando el período, se consolidó la colonización con inmigrantes europeos en las provincias de Valdivia, Osorno y Llanquihue.
Con la modalidad de la ocupación militar se avanzó sobre los territorios de La Araucanía y se desestructuró el dominio mapuche con la apropiación de las tierras de este pueblo por parte del Estado y la instalación de las comunidades en reducciones. Dichas tierras se redistribuían mediante remates y concesiones a particulares, en un proceso donde no estuvieron ausentes las irregularidades de toda índole.
En el Norte, la frontera se expandió. Se ocuparon las antiguas provincias peruanas de Tarapacá y las bolivianas de Antofagasta y la Puna, como resultado de la Guerra del Pacífico.
En el extremo austral se inició la conformación de una economía ganadera en torno a Punta Arenas y Tierra del Fuego.
Expansión y diversificación económica
La expansión de la economía inglesa como resultado de la Revolución Industrial, trajo como consecuencia la incorporación de Chile al flujo comercial de insumos demandados por dicha potencia y su imperio de ultramar.
Entre 1860 y 1870 las importaciones chilenas de productos ingleses alcanzaban un 42% del total y un 66% de nuestras exportaciones eran destinadas a Gran Bretaña.
Estos años estuvieron marcados por la ampliación de las actividades extractivas de recursos naturales, destinados a servir de insumos a la nuevas tecnologías.
En lo relativo a la minería, las nuevas formas de fundición y diferentes tipos de usos, aumentaron la demanda por el cobre, que empezó a ser explotado en gran escala en Guayacán. Sin embargo, el cobre chileno en permanente competencia con los yacimientos de España y Estados Unidos, vivió siempre en constantes fluctuaciones de precios y mercados.
El carbón demandado por las fundiciones mineras, el ferrocarril y la navegación, vivió su época de oro en las zonas de Lota y Coronel, surgiendo en la Península de Arauco una microsociedad vinculada a su extracción.
Pero el recurso que consolidó la vocación minera de nuestra economía fue el salitre. Solicitado como fertilizante por la expansiva agricultura europea, el descubrimiento de este mineral en nuestro territorio en 1860 inició la expansión territorial y de la población de Chile hacia el desierto, que hasta ese momento era conocido como el despoblado de Atacama.
La industria del salitre se convertiría en el soporte de las entradas del fisco chileno por casi 40 años.
La agricultura se desarrolló a un ritmo más lento. La gran propiedad con cultivos extensivos y baja incorporación tecnológica mantuvo el perfil del mundo rural.
La incorporación de las tierras de La Araucanía, la demanda por productos agrícolas de los centros mineros del Norte y la ampliación de las ciudades de Valparaíso y Santiago, impulsaron una roturación de nuevos espacios en el llano longitudinal.
La producción continuó orientada preferentemente al mercado interno y se componía productos de chacarería, animales de engorda, cereales y legumbres; todos ellos producidos con rudimentarias técnicas heredadas del período colonial. La modernización en el sector agrícola estuvo representada por la construcción de canales de regadío y la introducción de cepas viñateras que modificaron la producción de vinos en la Zona Central.
En otro ámbito, la industria se convirtió en un sector relevante de la economía. Hasta la mitad del siglo, la manufactura tuvo un carácter meramente artesanal. Pero, ahora empujada por el crecimiento demográfico, la incorporación de capitales privados —bajo la protección de barreras aduaneras— y la llegada de técnicos extranjeros, se empezó a desarrollar una industria nacional del azúcar, los muebles, zapatos, ropa de corte popular, jabones y vidrios. Los casos que mejor ejemplifican este cambio corresponden a la industria de la cerveza y la molinera, que se expandieron con capacidad para abastecer en todas las ciudades importantes de la época.
Por último, en el desarrollo económico cabe destacar las transformaciones que se produjeron en el ámbito financiero. Surgieron los primeros bancos, las leyes que autorizaron la emisión de billetes de instituciones privadas y se consolidó el crédito como instrumento para el fomento de actividades productivas. Todo ello modernizó las formas de inversión y permitió la llegada de capitales extranjeros que se incorporaron a la expansión de los ferrocarriles, alumbrado urbano y actividades mineras.
Modernidad y continuidad
La sociedad chilena de mediados de siglo se movió lentamente en una transición, que la llevó desde una modalidad colonial hispana hasta una sociedad en la que coexistían formas agrarias y burguesas.
El cambio podía observarse en las ciudades, donde los nuevos ricos demostraron fortuna en la edificación de palacios y mansiones, que desencadenaron una corriente de transformaciones urbanas.
Los sectores adinerados hicieron de lo mundano y el buen tono su modo de ser, y abandonaron el estilo anticuado y austero de sus antepasados.
Las transformaciones urbanas en gran escala, realizadas en Valparaíso con posterioridad al bombardeo español (1866), y la renovación llevada en Santiago entre 1872-74, tuvieron como propósito adicional al estético segregar la ciudad como un espacio civilizador.
El mundo popular agrario y minero se mantuvo como si el tiempo se hubiera detenido en la Colonia. Quienes lo conformaban continuaron siendo los marginados de la cultura y la educación, encerrados en las haciendas o en los sitios de laboreo minero.
En esta etapa los sectores medios se prepararon para su irrupción histórica, lo que se expresó a través de su matrícula en el sistema educacional primario hasta el universitario.
La prensa y la literatura realista fueron los espacios que este sector utilizó para denunciar las inequidades y discriminaciones.
Al terminar el período, la sociedad chilena se encontró en una situación económica excepcional, por la riqueza generada por el salitre. Pero, también estaba incubando los gérmenes de grandes cambios políticos y sociales con que se abrió el nuevo siglo.
jueves 20 de noviembre de 2008
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